Sunday, September 15, 2013

Día #357

   Es domingo. Solía ir a la iglesia los domingos y rezar con mucha devoción para recibir bendiciones del anhelado cielo de los humanos. He perdido muchos Días del Señor en cosas vanas y una de esas cosas ha sido extrañar demasiado a mi licenciado. Ya ha pasado casi un año desde el día en que todo tuvo punto, creo que final. Nunca comprendí como fue que pasé de ser todo en su mundo a ser nadie, ser una gota de agua entre los aguaceros de mayo, tan desapercibida. Hoy decidí finalizar el capítulo de una vez y por todas, aunque confieso que todo esto en contra de mi voluntad. Sin embargo, necesito crecer de inmediato, volar, amar de nuevo a otros diez hasta ser feliz para siempre con quien menos imagino.
    He comprado un disco en el que pretendo almacenar todos sus recuerdos, un disco de 4.7 gigas y no se cómo le voy a hacer para dejar a mi licenciado encerrado en ese círculo plano y sin calor. Sigo llamándole mi licenciado porque, aunque el tiempo haya pasado tan de prisa y él sea feliz amando los cabellos lacios de otras ninfas que no le aman de vuelta, nunca dejaré de amarle. Cuando digo esto, no me refiero a que seré una Magdalena por el resto de mis días, anhelando su regreso y mendigando su amor. No. Cuando digo esto me refiero a recordar su osamenta imperfecta con amor, recordarlo como la persona que se robó pedacitos de mi vientre sin devolverlos. ¿Cómo se puede olvidar a quien se ama? Eso no es humanamente posible.
    Lo que sí puedo hacer es dejar de imaginar que algún día abriré la puerta y él estará frente a ella esperándome. Lo que si ya estoy haciendo es convirtiendo su presencia en un elemento más del paisaje porque eso soy yo en su mapa, un árbol que quizá esté seco o una roca diminuta a la que pisa. He decidido almacenar sus fotos, las mías con él, las mías amándolo, las de él amándome en una sonrisa, los poemas que le escribí para que no me duela jamás verlo pasar frente a mí sin dirigirme la mirada, sin un saludo, sin un hola. No expresaré en este lugar los motivos de un liviano coraje que me habita cuando nos encontramos frente a frente en la Universidad y ni si quiera me mira, soy una paja en el viento para su mirada, algo sin importancia. Odio verlo, aunque no dejo de amarlo. El odio es por la frustración y el resentimiento, todo este tiempo que perdí en plegarias por él, para él y deseando todo su bien. Todas las veces que supe que necesitaba un abrazo y no se lo pude yo dar y rogué al cielo por su felicidad. No lo dejo de amar.
   Voy a guardar todas sus fotos en un disco, porque aunque le amo con toda la fuerza que puede amar una persona, me lastima su indiferencia y yo necesito caminar, crecer y ser gente. Las lágrimas que emergen de mis ojos al escribir, quisiera que fueran las últimas. Trabajaré para que sean las últimas porque nadie que me menosprecie merece mi llanto ni mi dolor.
   Se muy bien que el licenciado no va a leer esto, pero con todo mi corazón le deseo una feliz vida lejos de mí que soy su infelicidad y su tormento. Le deseo un amor que le de abrazos mejores que los míos, besos mejores que los míos, noches mejores que las que pude darle. Le deseo poemas mejores que los que le escribí, consuelos mejores que los que pude ofrecerle, amor más inmenso que el que aún le tengo, tiempo de mejor calidad del que pasó conmigo. A mi licenciado le deseo un amor que le de todo lo que le faltó a mi lado.

Adiós, Andrés. Que te vaya bien,
-Ägide